¿Obediencia o preferencia?




Mateo 26.36-42


36 Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro.

37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.

38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.

39 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

40 Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?

41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

42 Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.


Todo creyente debe escoger si quiere vivir según el principio de la obediencia o seguir sus preferencias. Cuando una persona se compromete a hacer la voluntad del Señor, cada situación y cada decisión es filtrada por el estándar de: “Dios lo dijo, así que voy a hacerlo, y punto”. El creyente podrá quejarse, llorar o intentar discutir, pero será obediente, pase lo que pase.


Recuerdo la vez que me invitaron para entrevistarme con la iglesia en Atlanta. Durante el viaje, le dije al Señor que no quería mudarme. Me sentía inquieto y seguí así durante un buen tiempo, pero yo sabía que Atlanta sería mi nuevo hogar. No me gustaba la idea, pero la alternativa era inimaginable: hay pocas cosas más desagradables que vivir con la persistente ansiedad de haber perdido algo bueno.


El Señor entiende nuestra necesidad de cuestionar y pedirle las fuerzas para hacer lo que ordene. Hebreos 4.15 nos dice que tenemos un sumo sacerdote que puede entendernos. Cristo no estaba emocionado o feliz por la cruz. Se afligió por la futura separación de su Padre. No obstante, estaba comprometido a obedecer la voluntad de Dios (Mt 26.39). Nadie le quitó la vida a Cristo; Él la entregó (Jn 10.18).


Nuestra vida es para cumplir el propósito del Padre celestial. Muchas personas se pierden de su bondad porque eligen seguir sus preferencias personales, creyendo que sus decisiones son mejores. La obediencia puede ser difícil pero la lucha y el sacrificio valen la pena. Los caminos y los preceptos del Señor llevan a los creyentes al gozo y a la paz.

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© 2018 por JOSUÉ SÁNCHEZ CONESA

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