Lección 11 Principios de sabiduría para el ministerio 2ª Parte | Siervos de Dios |

Actualizado: 1 de feb de 2019


A continuación el vídeo de la clase (espera a que cargue):


Acá tienes todos los apuntes de la clase:


Todos los principios que vamos a ver en esta lección tienen que ver con la HUMILDAD.


Principio #5 Aun cuando lleves mucho tiempo o toda una vida en el Señor o en el ministerio, no des por sentado que lo sabes todo o que lo estás haciendo bien.

Principio 5

Vamos a desarrollar un poco más este principio que el resto porque es la base para los otros principios que vamos a ver en esta lección.


En el principio anterior (#4) hablábamos de la importancia de crecer en toda área. Crecer es vital, es indispensable, si no creces te estancas o decreces, pero crecer en sabiduría, en conocimiento y en éxito implica un riesgo, el riesgo de envanecerse, enorgullecerse y volverse soberbio. Cuanto más conocimiento y experiencia de vida acumulamos, cuanto más tiempo llevamos en el Señor, o en el ministerio, cuanta más rectitud hay en nuestras vidas y cuanto mejor nos van las cosas a nivel personal, familiar o ministerial, mayor exposición hay al orgullo, a la vanidad y a la soberbia. Corremos el riesgo de volvernos menos receptivos a la hora de ser enseñados o de ser corregidos. ¿Por qué? Porque pensamos que ya con nuestra trayectoria, experiencia, conocimiento y sabiduría ¿qué nos van a enseñar? Esta es la tendencia natural del ser humano, pero no debiera de ser la tendencia espiritual, sino todo lo contrario, crecer en humildad, eso realmente es crecer en el Señor.


“Puedes llevar 20 años en el evangelio y otros tantos en el ministerio y eso no garantiza que no necesites aprender muchas lecciones aún, y quizás algunas de ellas sean lecciones muy básicas y fundamentales para una vida y ministerio sanos.”

Nuestra tendencia es a creernos más de lo que realmente somos, a creernos más sabios de lo que realmente somos, y más buenos de lo que realmente somos.


Honestamente esta es una de las cosas que más miedo me dan, tener un concepto errado de mí mismo. No quiero perder nunca de vista que todo lo que soy es por su gracia. Tenemos que tener los pies en el suelo siempre y dejar que el Espíritu Santo nos recuerde nuestra necesidad de Dios cada día.


No lo sabes todo, nunca lo sabrás y hasta el día que partas con el Señor cometerás errores, obviamente deberían de ser menos errores, deberías crecer en sabiduría, eso significará que vas por buen camino, pero, aun así, recuerda que no eres perfecto y que nunca llegarás a ser perfecto, por tanto, debemos mantenernos siempre con la actitud receptiva para aprender y para ser corregidos, aún por aquellos a los cuales tenemos la tendencia a verlos como menos que nosotros, porque quizá llevan menos años en el evangelio o en el ministerio o son mucho más jóvenes que nosotros.

También suele ocurrir que recibimos con mayor agrado la enseñanza o la corrección cuando viene de alguien de afuera, es decir, de alguien que no tiene que ver con nuestro hábitat natural como la familia o nuestra iglesia, a diferencia de cuando viene de los nuestros.


No sé cómo será en otros países, aunque sospecho que igual, pero el español se caracteriza por creer que sabe de todo, aun cuando a veces no sabe nada, nos gusta parecer que sabemos de todo o incluso nos lo creemos. Por ejemplo, cuando entras a un bar y la gente habla de política o de fútbol, todos son entrenadores y presidentes del gobierno, todos tienen la panacea, la solución a todos los problemas, te resuelven los problemas del mundo en cuestión de segundos.


César Vidal dice en un artículo que ha escrito recientemente en enero de 2019 dando 10 sugerencias para este nuevo año: “Si se encuentra con alguien que se jacta de saber de todo, huya. Con seguridad, no sabe nada de nada.”


Déjame que te cuente un cuento llamado “El castigo de la consistencia”:


Érase una vez un sultán que estaba aquejado de un comportamiento extraordinariamente caprichoso. Cuando paseaba por su palacio, cuando se desplazaba por las calles de la capital de su reino, cuando incluso se acercaba a la orilla del mar concebía proyectos absolutamente imposibles y absurdos que, sin embargo, se empeñaba en realizar costara lo que costase.


En cierta ocasión decidió levantar una torre en medio de un pantano. No se trataba de una torre cualquiera. Tenía que ser una torre de altura verdaderamente increíble, extraordinaria, elevadísima. Y, por supuesto, cuando los arquitectos del sultán recibieron la orden de erigirla se echaron a temblar. Se daban cuenta de que en el momento en que se levantara poco más de un piso sobre aquella tierra pantanosa todo se hundiría en medio del cieno y la pérdida sería enorme si es que incluso no había vidas humanas que acabarían pereciendo en el intento.


Sin embargo, el sultán, que era un sujeto testarudo y cabezón, no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y siguió ordenando que aquella torre de altura inimaginable se levantara en la tierra pantanosa que él había escogido.


Finalmente reunió a todos sus arquitectos y, harto de las excusas y los argumentos que le daban para no conceder sus caprichos, les dijo: “Pero ¿qué pasa? ¡A ver! ¿Qué pasa? ¿Por qué no se puede levantar esa torre que yo creo que sería la torre más alta del mundo, la torre más elevada por su belleza y la torre que cualquiera podría ver cuando se acercara a mi reino?”


Los arquitectos se miraron timoratos entre sí porque ninguno se atrevía a contradecir en público al sultán pero, finalmente, uno de ellos dijo: “Falta consistencia”. “¿Cómo?”, preguntó el sultán. “Sí, falta consistencia”, corroboró otro de los arquitectos animado por el ejemplo de gallardía del primero que había tomado la palabra. “¿Qué falta consistencia?” “Sí, sí… falta consistencia y sin consistencia no podemos hacer nada”, dijo un tercero. “Ahh, con que sin consistencia no se puede hacer nada…”, replicó el sultán. “Bien… Quiero que sepáis que esa torre tiene que empezar a levantarse antes de la puesta del sol porque si no, voy a decapitaros a todos vosotros. Y el primero que va a perder la cabeza va a ser Consistencia.”


Esta historia resulta cómica pero viene a representar la gran realidad de muchas personas, no sólo son cabezones y orgullosos porque gozan de cierto poder o éxito, sino que encima no saben nada. La verdad que no hay una característica en un ser humano más repelente que el orgullo y la soberbia, que, además, tienen la capacidad de enmascararse de tal manera que ni te enteras de que eres así, es como el mal aliento, todos lo sufren y se dan cuenta menos la persona que lo tiene.


Generalmente las personas que se creen que lo saben todo son las que suelen juzgar con mayor facilidad a los demás, que ven los fallos de otros con una claridad impresionante, pero son las más ciegas a sus propios errores, incluso aun cuando fallan claramente en lo mismo que juzgan a otros.


“Hay ciegos que ven mucho mejor que las personas orgullosas y soberbias.”

Déjame que te cuente una segunda historia llamada “¿Quién dispara?”


Érase una vez un abad que fue convocado por el obispo de la localidad más cercana para que acudiera a brindarle sus sabios consejos. El abad inmediatamente atendió a la petición del obispo y, acompañado de dos de sus monjes, emprendió el camino.

Llevaba ya un par de días de camino cuando, de pronto, llegaron a una localidad donde había una feria. Y, la verdad, el tiempo había transcurrido de manera tan aburrida y de una forma tan monótona, que el abad consideró que no estaría mal ver lo que sucedía en aquella feria. Vieron los puestos donde se vendían las mercancías más diversas e incluso también algunas de las barracas dónde se exhibían pasatiempos de lo más variado también. Y en aquel momento, el abad vislumbró una en la que se podían realizar ejercicios de tiro. En ella, a cambio tan solo de una moneda de cobre, te entregaban un arco y tres flechas para que dispararas. Y entonces el abad rememoró unos tiempos juveniles en que había sido aficionado a tirar el arco y no tuvo ningún problema en entregar la moneda de cobre. Pero, por supuesto, intentó justificarlo brindando una lección espiritual a aquellos que lo acompañaban.


“Veréis mis queridos monjes cómo hay que tirar con arco”, dijo el abad. Tensó el arco, disparó la primera flecha y la primera flecha no se acercó ni lejanamente a la diana. Pronto, de la manera más inmediata, el abad les dijo: “Esta es la manera en que suele tirar un soldado inexperto”. Volvió a colocar otra flecha en el arco, esta vez la segunda, y disparó. Y esta vez se quedó tan solo a la mitad de camino, pero tampoco logró alcanzar la diana. “Esta es la manera en que dispara esa persona que ha practicado un tiempo, pero que todavía no domina el arte de disparar con arco”, dijo el abad. Y por supuesto, los monjes asintieron. Tomó la tercera flecha y la disparó y de manera absolutamente sorprendente el proyectil se clavó en el centro de la diana. Todo el mundo que había visto lo mal que disparaba con el arco antes, empezó a aplaudir al abad que humildemente rechazó aquellos elogios y alabanzas que brotaban de las bocas de todos. Los dos monjes que lo acompañaban se le acercaron y le dijeron: “Padre Abad, ¿quién ha disparado ahora?” Y él respondió: “¿Quién va a ser? ¡Yo! Ahora el que ha disparado he sido yo…”


De nuevo resulta graciosa la historia y nos vuelve a mostrar una realidad, no nos gusta reconocer que no somos buenos en ciertas cosas, que no sabemos de todo, que no todo se nos da bien, que cometemos errores, generalmente buscamos la manera de quedar bien.


Jesucristo enfatizó 2 de las características de su carácter:


Mateo 11:29 (RV60)

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.


El apóstol Pablo nos habló acerca de estas dos cualidades de Cristo, instándonos a que tuviésemos ese mismo sentir, en Filipenses 2:5-11 (RV60) dice:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.


Y también en Efesios 4:1-3 (RV60)

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.


En 1ª Pedro 5:1-6 (RV60), a pesar de que en principio le está hablando a los ancianos, luego se dirige al resto de la congregación y les dice:

Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria. Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.


La humildad, la mansedumbre y el subordinarse van de la mano. La palabra de Dios dice que nosotros como cristianos debemos subordinarnos los unos a los otros (todos) en humildad. Con subordinarnos y “revestirnos de humildad” podemos crear paz y unión con los otros. No debemos ser tan orgullosos y altivos que no podamos recibir amonestación o consejo. Tampoco hay que tener la mentalidad de que nuestras propias opiniones y pensamientos son siempre mejores que los de los demás. Pensar así no nos lleva al progreso o a la unidad en Cristo.


¿Qué es la soberbia?


La palabra soberbia proviene del latín “superbia” y es un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás, sobrevaloración del yo respecto de otros, es un sentimiento de superioridad que lleva a presumir de las cualidades o de las ideas propias y menospreciar las ajenas.


Es considerado por la teología católica como uno de los siete pecados capitales: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Los pecados capitales pueden definirse como aquellos de los cuales se ramifican los demás pecados del mundo. Es decir, los pecados más graves que puede cometer una persona según las primeras enseñanzas del catolicismo y el cristianismo.


Algunos sinónimos de soberbia son, altanería, altivez, arrogancia, vanidad, etc. Lo contrario de soberbia es la humildad, la sencillez, la modestia, etc.


"La soberbia es el vicio de los ignorantes."

Leonardo Murialdo


"Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría."

Rey Salomón


"La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder."

José de San Martín


Por eso es muy importante que en nuestra vida nos rodeemos de personas a las que le demos la absoluta confianza de que nos corrijan y nos llamen la atención cuando sea necesario. Necesitamos rendir cuentas de nuestra vida. De hecho, deberíamos periódicamente preguntarles a esas personas honestas y de confianza cómo vamos caminando y escuchar sus consejos.


El emperador romano Julio César, fue un grandísimo emperador (el más conocido, de ahí quedó el designio de “César”) que consiguió muchas cosas para el Imperio Romano, pero también cometió muchas imprudencias por su ego y sus consejeros siempre le advertían que tuviera guardaespaldas a su alrededor, pero no los quiso escuchar y en los idus de marzo, entró al teatro de Pompeya donde 23 senadores romanos lo apuñalaron salvajemente.


Quiero concluir este principio recordando una historia que nos narra el que es considerado como el mayor pecado del Rey David. Se encuentra en 1º Crónicas 21:1-17 (RV60) y te animo a que la leas y medites en ella. Hasta Joab quien no era conocido por sus altos ideales morales, reconoció que el censo era un pecado de soberbia.


Principio #6 Si no aprendes a convivir con la crítica no durarás demasiado en el ministerio.

Principio 6

Hay dos tipos de crítica: la crítica constructiva, y la crítica destructiva o murmuración.

La crítica constructiva es bien intencionada y está hecha a la luz, no hay necesidad de esconderla. En cambio, la murmuración nace de un mal corazón con la intención de destruir o desacreditar a alguien.


Hay un refrán que dice “Toda crítica tiene algo de verdad” y otro que dice “Cuando el río suena, agua lleva”. Esto no siempre es cierto, muchas veces la crítica está cargada de mentira e injuria y está muy alejada de la realidad y de la verdad. En muchas ocasiones la crítica va a ser falsa, pero en otras tantas quizás lo que estén diciendo sea la verdad, aun cuando venga de un corazón mal intencionado. El hecho de que una crítica nazca con mala intención no quiere decir que el contenido de esa crítica no sea cierto. Algo similar ocurre cuando es una crítica constructiva, aun viniendo con toda la buena intención del mundo, puede ser que esté errada, o puede ser que sea acertada. Sea como fuere, debo de tener un corazón humilde y honesto para analizar si lo que están diciendo es verdad. Si es falso, directamente deséchalo.


En el ministerio sí o sí, recibiremos ambos tipos de crítica, dalo por hecho, y a mayor responsabilidad, mayor crítica recibirás, es inevitable, y es una de las causas más grandes por las cuales muchos se han sentido incapaces de continuar en el ministerio es porque no han sabido gestionar la presión de la crítica.

Las críticas, los desafíos y la oposición son cosas muy comunes en el liderazgo, pero también cuando llevamos algún tipo de responsabilidad o servicio. Es inevitable ser criticado alguna vez o muchas veces. Hay muchas personas que renuncian porque no están dispuestos a convivir con la crítica (yo he sido tentado a dejarlo más de una vez).


¿Cómo hay que responder a la crítica?

Toca examinar si lo que están diciendo es cierto o no, si lo es, agradece a Dios que te hayan criticado, porque puede ser el empujón para tu transformación, para tu cambio.


Como decía Charles Spurgeon: “Si un hombre piensa mal de ti, no te enojes con él porque tú eres peor de lo que él piensa.”

Realmente lucimos ante otros mejor de lo que verdaderamente somos, si la gente supiera todas nuestras intimidades y pensamientos, creo que no saldríamos muy bien parados.

A pesar de nosotros, siempre y cuando el siervo sepa que está haciendo lo que el Señor le pidió, no debería moverse por más hostilidad que enfrente y debe estar tranquilo de que el Señor pelea por él para hacer justicia a su debido tiempo y a su manera, como podemos ver en Isaías:


Isaías 54:17 (RV60) dice:

Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová.


En el evangelio de Juan, el Señor Jesús nos hace poner los pies en el suelo:


Juan 15:18-20 (RV60):

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.


Si bien este versículo habla claramente de sufrimientos mayores que los que puede ejercer una crítica o calumnia, nos pone los pies en el suelo, recordándonos que servir a Dios no es un camino fácil, al igual que la vida, es un camino muy duro lleno de obstáculos, tenemos el ejemplo de Cristo. Pero gloria a Dios que tenemos el Espíritu Santo con nosotros que nos guía y nos da fuerzas y no nos abandona en esta aventura del ministerio y de la vida.


Es más el número de gente que suele manifestarse para dar su opinión negativa o crítica, pero es poca la gente que agradece o se acerca a ti para elogiarte o decirte cuando las cosas le han gustado, le han bendecido o están bien. Ahora bien, esto no debe ser un motivo para nosotros hacer lo que tenemos que hacer, puesto que no se trata de agradar a los hombres sino a Dios. Pero eso sí, ten presente que los que hoy te alaban o elogian, el día de mañana te pueden criticar, porque el ser humano es muy variable, así que cuidado con la adulación.


Hay una historia llamada “La zorra y el cuervo” que ilustra muy bien esta realidad:


Érase una vez una zorra que paseaba hambrienta por el bosque cuando, a lo lejos, en la rama de un árbol, vislumbró un cuervo. El cuervo sujetaba con su pico un jugosísimo queso. Pasito a pasito, la zorra se acercó hasta el árbol mientras pensaba en la manera en que podría convencer al cuervo para que soltara el queso y para podérselo llevar ella que, por cierto, llevaba muchos días sin comer. Se colocó debajo del árbol, adoptó la posición más lisonjera y servil que pudo e, inmediatamente, empezó a decirle: “Pero ¿cuál es ese hermoso animal que ven mis ojos? ¡Qué pelaje! ¡Qué brillo! ¡Qué postura! ¡Qué belleza! La verdad es que llevo años viendo las aves del bosque y jamás encontré una semejante…”.

El cuervo se quedó sorprendido al escuchar aquellas palabras. Es más, miró a un lado y a otro a ver si se dirigían a algún otro animal, pero finalmente reparó en que se dirigían a él. Y, mientras tanto, la zorra seguía diciendo: “Lo único que me gustaría saber es si esa belleza de cuerpo, esa elegancia se corresponde también con una voz hermosa.” Al escuchar aquellas palabras el cuervo no pudo evitarlo, abrió el pico y lanzó un graznido. En ese mismo momento, el queso se le escapó del pico y fue a caer al suelo donde se apoderó de él la zorra. “Ay…” dijo la zorra mientras sujetaba el queso con sus fauces y se preparaba para salir corriendo con él. “No solamente eres feo, además tienes una voz horrible y, por si fuera poco, eres tonto.”


Cuidado con aquellos que te adulan, no dejes que te confunda o te desvíe la mirada de aquel al cual tienes que agradar realmente, a Dios.


Aprovecho para retaros a que cada uno de nosotros seamos personas que aportemos palabras de bendición, vida y edificación, que no caigamos en el error de la mayoría de andar juzgando y criticando, sino que seamos personas que ayudan a otros aún en medio de sus errores y fallos, os dejo acá este vídeo para reflexionar.




Principio #7 No te dejes mover por las opiniones de la gente, si haces las cosas para agradar a los demás estás condenado al fracaso.

Principio 7

Esto tiene que ver con lo que acabamos de hablar en el principio anterior.


Dice en Gálatas 1:10 (RV60):

Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Si bien es importante subordinarnos los unos a los otros con humildad, para así aceptar la amonestación y la crítica, como cristianos debemos siempre buscar agradar a Dios con nuestras vidas, pero no tratar de satisfacer las exigencias y expectativas humanas. Ser sumisos y humildes no significa, de ninguna manera que debemos ceder ante otras personas.


Cada persona es un mundo, si acabas cediendo a cualquier opinión entonces tu ministerio será un absoluto caos. Un día unos te dirán, mejor así, otros al día siguiente te dirán, no mejor asá. Para gustos los colores. Tú no tienes por qué estar satisfaciendo los gustos y opiniones de los demás y si te sientes en la necesidad de hacerlo es porque tienes un problema, estás quizá sin darte cuenta buscando agradar a los hombres en vez de a Dios que es el que determina cómo deben hacerse las cosas.


Pincha aquí abajo para hacer la autoevaluación de la lección:

https://goo.gl/forms/UK89pL0H7HqBep7l1



Profesor: Josué Sánchez

Bibliografía:

Érase una vez… (César Vidal)

89 vistas

© 2018 por JOSUÉ SÁNCHEZ CONESA

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