El proceso de la disciplina divina


Hebreos 12.1-13

1Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado;

y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él;

Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. m

Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.

Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?

10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.

11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

12 Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas;

13 y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.


¿Por qué nuestro Padre celestial permite el dolor y las dificultades? Siendo un Dios bueno, ¿no debería salvarnos del sufrimiento? Pues no siempre. Todos los padres saben que evitar a sus hijos el dolor de la disciplina no es lo mejor para ellos. Y lo mismo sucede en nuestra relación con el Padre celestial.


Dios nos disciplina “para que participemos de su santidad” (He 12.10). Aunque los creyentes somos santos por medio de Cristo, y hemos sido liberados del dominio del pecado mediante el poder del Espíritu Santo, todavía luchamos con el pecado y las tentaciones del diablo. Por lo tanto, el Padre nos capacita para identificar el pecado en nuestra vida, resistir las tentaciones y buscar la santidad. Sin su amorosa intervención, nuestro crecimiento espiritual se vería frenado.


A veces, la disciplina de Dios puede ser dolorosa, así como un azote lo es para un niño. Pero lo más importante es saber reaccionar. Cuando la mano correctora de nuestro Padre toca un aspecto determinado de nuestra vida, necesitamos ocuparnos de la situación y hacer los cambios necesarios para madurar en la fe. Reaccionar de forma desafiante solo empeorará las cosas.


El escritor de Hebreos nos advierte que no tomemos la disciplina de Dios a la ligera, negándonos a arrepentirnos del pecado o haciendo caso omiso de lo que está tratando de enseñarnos. Pero también se nos dice que no nos desanimemos por ello. El hecho de que estemos siendo disciplinados debe animarnos, porque prueba que somos hijos amados de Dios. Sin su corrección, toleraríamos el pecado en nuestra vida, y nunca experimentaríamos la libertad de andar en obediencia.

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© 2018 por JOSUÉ SÁNCHEZ CONESA

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