El perdón y nuestra relación con Dios



Mateo 6.9-15


9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;

15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.


Cuando alguien le hace un mal, ¿cuál es su mayor preocupación? La mayoría debemos reconocer que nos preocupamos más por nosotros mismos o por nuestros seres queridos. Estamos llenos de ira o dolor, y el perdón es lo último en nuestra mente. Pero, ¿con qué frecuencia consideramos que la manera en que reaccionamos afectará nuestra relación con Dios?


A veces, cuando decimos el Padrenuestro, podemos recitar: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6.12) sin pensar mucho en las palabras. Pero los dos versículos que siguen a esta oración nos recuerdan cuán serio es el perdón. Si no pasamos de nuestro dolor y enojo al perdón, entonces Dios no nos perdonará. Para quienes nos hemos arrepentido del pecado y por fe recibido a Jesucristo como nuestro Salvador, todos nuestros pecados han sido perdonados, gracias al pago sustitutivo de Cristo en la cruz (Col 2.13, 14). Por tanto, estos versículos en Mateo no pueden significar una pérdida de la salvación, sino una barrera en nuestra comunión con Dios causada por el rencor.


Aferrarse al resentimiento es pecado. Si permitimos que continúe, nuestra comunión con el Señor se verá interrumpida hasta que confesemos nuestra actitud y la abandonemos. Entendemos cómo es esto cuando un niño se niega a obedecer a sus padres. Aunque su amor por él no ha disminuido, hay un conflicto inconcluso en su relación.


Como hijos de Dios, estamos llamados a una comunión íntima con Él. No seamos como niños desobedientes que permanecen bajo la disciplina del Padre y, por tanto, pierden las bendiciones que quiere que tengamos

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© 2018 por JOSUÉ SÁNCHEZ CONESA

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