Dios ofrece amor a los que sufren


Juan 4.7-27

Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.

Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.

La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.

10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?

12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;

14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.

16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.

17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido;

18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.

20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.

26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.

27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?


¿Cuándo necesitamos más de la seguridad del amor de Dios? ¿No es, por lo general, cuando experimentamos el dolor más profundo? Si está sufriendo por el rechazo, fracaso o cualquier circunstancia que esté probando su fe, recuerde que el Señor todavía se preocupa y nunca dejará de amarle. Esto es justo lo que vemos en la interacción de Cristo con la mujer samaritana:


Él Inició el contacto. Para consternación de sus discípulos, Jesucristo viajó a través de Samaria para conocer a esta mujer. En aquel tiempo, los judíos no se relacionaban con los samaritanos, e incluso evitaban pasar por su región. Pero Dios no está de acuerdo con las reglas o los prejuicios del hombre. Él llega con un mensaje de esperanza y nueva vida a cualquiera que escuche y crea.


Él Conocía su dolor y angustia. Ella debió haberse sentido sin valor después de haber sido abandonada y divorciada de cinco esposos. Todos tenemos un bagaje emocional que nos agobia y causa dolor, y esto es a menudo lo que Dios usa para atraernos a Él.


Él Ofreció perdón y amor. Cristo sacó a la luz los detalles de la situación de la mujer, para que ella pudiera reconocer su necesidad de un Salvador y ser receptiva al perdón que le ofrecía. Él sabía que ella necesitaba amor, aceptación y un sentido de valía, y que una relación con Él era la única manera de satisfacer dichas necesidades.


Dios nos ve con la misma claridad que vio a la mujer samaritana. Conoce nuestros pecados y heridas, y quiere perdonarnos y restaurarnos. Al aceptar su salvación y someternos a la obra transformadora del Espíritu Santo, tendremos la seguridad de su amor y de su cuidado por nosotros.

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© 2018 por JOSUÉ SÁNCHEZ CONESA

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